El artículo que presentamos a continuación es autoría de Hernán Casciari y publicado en www.blogs.elpais.com/espoiler . Allí podrán encontrar una gran variedad de textos que tienen como estrella invitada a la sagacidad literaria de alguien que, poco a poco, se está gestando a sí mismo como un icono de este maravilloso medio de comunicación, los blogs…
Six Feet Under, reconozco que me ha cautivado totalmente, y cuando digo totalmente me confieso ansioso por ver cada noche de un tirón 3 capítulos seguidos, no pudiendo parar ni un segundo de asombrarme con cada uno de los diálogos o la posición que van asumiendo los personajes en escena.
Lo curioso, e incoherente a la vez, es que hace más de 10 años que no tengo televisor en mi casa, una decisión que si bien en las primeras épocas estuvo un poco forzada por las circunstancias, hoy en día está fundamentada en el repeluz que me causan los contenidos que se exhiben en el medio. Nada más alejado de la realidad que la realidad televisiva, al menos desde mis ojos. Nada más ver el fenómeno de lo que tiene importancia en los medios, conocido como agenda setting, para darnos cuenta de ello, lo cual contiene la obsesión envenenada de mostrarnos solamente un mundo de malas noticias, hecho que me revela al no verme capacitado para nadar todos los días entre tanta mierda, perdiéndome así aquello que puede ser bueno también.
A Dos Metros Bajo Tierra lo es, es un producto televisivo también, como muchas películas, documentales, cortometrajes y publicidades lo pueden ser. Pero con un sentido diferente al que se nos tiene acostumbrados, como muchas películas, documentales, cortometrajes y películas pueden tener.
Al no tener tele, solo puedo hablar desde esa selección que hago y en la que me concentro, tras prescindir del zapping como forma de encuentro, lo cual me obliga a informarme previamente acerca de lo que voy a ver, o bien arriesgarme, como ocurrió con Six Feet Under, teniendo alguna referencia al menos, claro está, ya que no es cuestión tampoco de andar tirando el dinero por ahí, aunque me encuentro gratamente sorprendido.
Por eso, volviendo a Casciari, días atrás cuando recibí este texto por correo electrónico, justo un par de días después de hablar con Mia acerca de lo bueno que sería escribir algo sobre esta serie, sin decirlo, ambos no dudamos un segundo en que ésta debía ser la reseña a publicar, la cual cayó en sus manos tras alguna navegación internauta.
Nos falta la última temporada, y no quiero saber nada hasta verla, de momento los dejo con el texto y espero la disfruten muy pronto…
Hay días tristes en donde ver A Dos Metros Bajo Tierra es una excelente receta para reflexionar sobre aquéllos que nos dejan para siempre.
HERNAN CASCIARI - 20 de julio, 2007
Hoy tenía pensado escribir un tutorial veraniego, pero un acontecimiento exclusivo de mi nacionalidad (es decir, que no importa demasiado en un medio español) me lleva a estar un poco triste, o más bien, desganado para la broma frívola. Aprovecho, entonces, mi estado de ánimo con nubarrones para conversar con ustedes, por fin, sobre Six Feet Under. Para conversar sobre la muerte.
Claro que escribir sobre Six Feet Under trasciende un poco el plano televisivo. Se trata más bien de hablar sobre una novela filosófica planteada en cinco extensos capítulos audiovisuales. No, no exagero. Cuando recuerdo escenas sueltas de esta serie me ocurre algo novedoso: mi cerebro cree que estoy recordando un libro, no unas imágenesen movimiento. Que estoy recordando un texto inolvidable.
A veces hay aromas tan intensos que parecen sabores. A veces hay amigos que cuentan tan bien un viaje que más tarde, años después, creemos haber estado allí, en ese sitio que nunca hemos pisado. Y también a veces (muy poquitas) hay programas de televisión tan palpables que parecen literatura, que se asemejan al puro y duro texto fatal leído por la noche, con esa hipnosis babeante que te dejan las grandes obras de papel.
Cada capítulo de Six Feet Under comienza con una muerte anónima, singular, precisa y arbitraria. Todas las muertes lo son. Antes de los créditos iniciales, vemos siempre a alguien que está a punto de despedirse de todo lo que conoce. No hay efectismo.
Puede ser una anciana entubada en la cama de un hospital, o la muerte súbita de un bebé de seis días, que ni quiera sabe que está vivo y que se deja llevar sin dolor ni miedo ni recuerdos. O una mujer que decide —en ese segundo de rabia— aplastarle la cabeza a su marido mediocre con una sartén. O un simple resbalón en la ducha. Todas las muertes están llenas de pequeños azares.
Cada uno de estos inicios de capítulo (que nunca duran más de tres minuto) nos acongoja y nos predispone a lo inevitable. Nos ata a la tierra, a la vida nuestra, de la que sabemos muy pocas cosas. Y en los restantes cuarenta minutos la trama te deja con los ojos en blanco.
Six Feet Under es una historia sobre nuestra muerte, la que vendrá, cualquiera sea. Y nos pone el espejo de nuestro futuro en los ojos.
Su creador, Allan Ball, ensaya su propuesta de un modo simple. Nos cuenta la historia de una familia que regentea una funeraria, que se codea con la muerte a diario porque ése es su negocio. Como un panadero amasa su pan por la madrugada, como un carpintero diseña sus mesas, los Fisher maquillan, recomponen y velan a personas que ya no son. Y mientras tanto, les ocurren cosas emparentadas con el amor, la locura y la rutina.
Estas cosas que ocurren en Six Feet Under son pequeñas cosas, nunca grandes epopeyas. La serie está salpicada por silencios y atmósferas, por climas y sobrentendidos. No es una serie que se puede escuchar mientras planchamos la camisa (las hay que sí). Tenemos que estar atentos a los detalles para encontrar la grandeza y la tenacidad del guión. Se trata de un guión paciente, nunca ansioso, que espera agazapado y nos da en la nuca cuando menos lo esperamos. Como la muerte.
No miento si digo (y los lectores que han visto la serie completa me respaldarán) que tras el final de Six Feet Under estuve días enteros como un imbécil, sin poder pensar en otra cosa. Posiblemente es el mejor final que la televisión ha emitido nunca.
La tele (el artefacto ‘tele’) puede desaparecer del mapa, porque ya ha tenido su broche de oro. Ni siquiera se merecía algo tan digno un aparato que también escupe tele realidad e informativos tendenciosos. Six Feet Under le da a la televisión categoría de teatro griego.
No. No hablaré de cada una de las cinco temporadas, ni de actuaciones maravillosas, ni recomendaré una parte más que otra. Más abajo hay, como siempre, una pequeña ayuda para descargar el pack completo, pero no va de descargas ni de subtítulos el texto de esta tarde. Hoy quería hablar sobre la muerte y su desesperante naturalidad. Del poder majestuoso de la muerte. De su desparpajo y su ironía. De cómo baila, cotidiana y ajena, a nuestro alrededor.
Hay días tristes (hoy lo es, para mí y para mis amigos) en donde ver cuatro o cinco capítulos de Six Feet Under puede ser una excelente receta para reflexionar sobre aquéllos que nos dejan para siempre. Sobre lo que siempre será un misterio, hasta el último segundo: la intensidad de nuestra tristeza cuando se apaga un ser querido con el que desayunábamos a diario.
Agradezco tener entre mis dvds semejante antídoto. Ahora mismo, cuando deje de escribir, me iré a ver el último capítulo de la quinta temporada. Porque sé que me sentiré mejor después de hacerlo. A veces un programa de televisión es mucho más que eso. Es una obra de arte, un paliativo, una forma de hundirse en el “goce de estar triste” y pensar, con espanto, en esas frases desgastadas por el uso. Que estamos aquí de paso, que no somos nada, que todos nos encontraremos, más tarde o más temprano, a dos metros bajo tierra.