El portal, el marco marrón, el picaporte metálico, son imágenes que se han grabado de la puerta de su casa, aquella en la que a esa altura le ofrecía el escape perfecto a su universo individual; Franco, creía que el lugar de entrada a su casa, era siempre el rincon donde las cosas solían acabar, el altar levantado al regreso. La vida de pueblo había forjado esa idea con letras de hierro en su cabeza, pero nunca encontró un portal mayor que el que se observa desde las alturas, dicen los que lo vieron por vez primera mirarlo así.
De tal manera que a partir de allí, los portales se hicieron grandes a medida que las puertas de su percepción se agigantaron y tomaron una forma nueva, la de los portales de los castillos que el cielo arma y desarma día a día, bajando los ladrillos de agua para que la tierra continúe en su plan constructivo, y subiéndolos al cabo de un tiempo para ofrecer la belleza que, con ayuda del viento, convierte los nuevos ladrillos de vapor en fortalezas de reinos en una revolución permanente.