Tuesday, May 29, 2007

La noche regala…

 

La noche regala…


…a los insomnes, musas y horas.

 

A los pequeños, fantasía.

 

A los amantes, anonimato.

 

A los ladrones, alevosía.

 

A los borrachos, templos abiertos.

 

A los más solos, sábanas frías.

 

A los muertos, fuegos fatuos.

 

A los miedosos, ansias de día.

 

A las mesillas, vasos de agua.

 

A los más sabios, astronomía.

 

A la miseria, un velo que cubre.

 

Al invidente, mucha empatía.

 

A los culpables, remordimientos.

 

A los colegios, aulas vacías.

 

A los jardines, novios en celo.

 

A los suicidas, dolor de vida.

 

 

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Saturday, May 26, 2007

Sevillanito presumido.

Foto: Sevilla ::2007::
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Thursday, May 24, 2007

Brillo Natural.

Foto: Oliva - Córdoba ::2006::

 

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Wednesday, May 16, 2007

Quiere llegar…

Quiere llegar y acomodarse tranquilamente. Sacarse los zapatos y, sin hacer ruido, entrar por la puerta, o por cualquier rendija de una ventana abierta a la esperanza. Instalarse, quién sabe si definitivamente, en el salón de nuestro existir. Apropiarse de la mañana, o de las noches de vigilia en que el sueño nos rehuye. Robarnos el sosiego, vaciarnos de ilusiones y despojarnos de todo lo que impregnamos de esencia creativa.
Viene con su equipaje a cuestas: una maleta cargada de moldes, una jaula, y un bote de pintura gris. No le pesan: tiene quién se los acarree…cada día son más sus secuaces, los que le abren puertas propias y ajenas, allanándole el camino.
¿Y tú? Tú, que la has visto venir, tú que tienes el valor de mirarla a los ojos y reconocerla, no la dejes pasar.  Los que resistimos, te necesitamos. Mucho.
No nos abandones, no te traiciones: Bárrale el paso, plántale cara y escupe su maldito nombre: Mediocridad.  

Texto: MIA ::2006:: www.paraguas.blog.com 

Foto: Dólares. 

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Tuesday, May 15, 2007

La precisión del gesto.

 
Foto: Opera de París ::2007::
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Monday, May 14, 2007

Vista de puntos

Foto: grabado de Salvador Dalí ::2007::
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Saturday, May 12, 2007

Escape

Cómo escribir en esta realidad multidimensional, ya no es posible encontrar muestras de respeto entre las personas, piensa Pedro, mientras el arriba, el abajo y los costados parecen no estar claros. Quizás sea porque mis ideas del mundo sean bastante inocentes, ensaya su mente como respuesta, ya que siempre espero una reacción calma en los demás, desprovista de cualquiera de las formas que la mala intensión puede tener.
Ficciones o fricciones aparte, con la cabeza en la almohada y con la cara mirando al techo, repasa sucesivas imágenes de acontecimientos inverosímiles, balbucea algún nombre al oído del aire y continúa en un silencio casi sepulcral, con los ojos vueltos hacia adentro.
Aquella noche, sonante a más no poder, indescifrable a esta altura de la mañana, me devuelve, primero con el despertador y después con la imagen que se recorta en el espejo,  un claro diagnóstico de necesitar aún más reposo.
Ello resulta imposible, bien saben que la necesidad de huir requiere sus esfuerzos para no quedar para siempre encerrado. La ventana abierta, ha permitido que los gatos del vecino deambulen por el cuarto, mientras que el ronroneo de uno de ellos entre sus piernas, logra sacarlo de la abulia; de la cual sale definitivamente al notar que hasta un murciélago se ha logrado colar y posar en un rincón oscuro.
Jaime Rodríguez Pena es el nombre que figura en su documento, tendido encima de la cama, mientras termina de meter las pocas cosas que necesita en su bolso. El coche está fuera, esperando con el tanque de gasolina lleno para emprender la huída. Sus recuerdos son borrosos, pero hay caras, gestos, impresiones que no dejan de cruzarse en su mente.
El radio despertador, insistente por enésima vez, reproduce una frecuencia en la que se escucha un viejo blues de John Lee Hooker, con su voz cargada de truenos llena la habitación de ritmos con una antigua versión de Boom Boom Boom. Jaime no se distrae, recién salido de la ducha, hace ejercicios tendido en el suelo a un borde de la cama. Mientras mira el techo piensa en la ruta que deberá seguir, solo que esta vez todo está impregnado por la ausencia de Renata.
Apronta la tasa de café, hecha un ojo al periódico, y su nombre no aparece por ninguna parte, este es un dato que no le hace gracia. Él ha desaparecido de su vida y nadie ha notado nada, piensa para sí, aunque sabe que esto no es del todo cierto, puesto que es probable que su búsqueda se realice sin la necesidad de que la población coopere en la empresa, lo cual revelaría un aspecto clandestino en su viaje, disparando la adrenalina en su cuerpo.
Los pensamientos van a mil Km. por hora, tan de prisa que, al momento en que introduce la llave en el coche, el motor ruge como nunca, parece un caballo voráz que ha estado esperando en silencio ponerse en carrera tras semanas de entrenamiento.
Ya en la carretera, los cactus de las montañas parecen dibujarse como centinelas de la tierra, ejércitos enteros, congelados a la espera de algo o de alguien. Es primavera y sus flores adornan con puntos violetas todo aquél paisaje que, es preciso decir, transporta muy fácilmente el pensamiento.
En eso, un ave se cruza a la altura del parabrisas, golpea fuertemente en él, logra romperlo y esto hace que el coche pierda el control y se salga del camino, tras toparse uno de los neumáticos con una piedra, se revienta y el coche va directo hacia un precipicio donde se desliza hasta el final.
El fuego arremete en la parte trasera, mientras Jaime intenta incorporarse tras el mazazo. Un poco mareado, logra situarse y pasa la mano por su cabeza, donde nota varios cortes en el cuero cabelludo. Su vista intenta enfocar algo, pero solo hay una nube de polvo y humo alrededor, lo que le impide visualizar dónde está. Los sonidos son monopolizados por el fuego, de tal forma que cuando nota esto, sale inmediatamente del coche, tropieza y cae hacia el fin del barranco donde un río seco surca lentamente la montaña.
Tendido en un médano de arenisca, con parte de su cuerpo metido en el agua deja caer la guardia, mientras el tanque de combustible a pleno explota por los aires al haber sido alcanzado por las llamas, recordando escenas repetidas en películas de la infancia. Jaime ya no presencia este momento, aunque lo haga, no recordará que por segundos ha salvado su vida, gracias a que el coche quedó atrapado entre unos árboles de camino al fondo del abismo, lo que permitió que al salir la ley de la gravedad le salvara la vida al caer hasta el fondo del valle. Dos valquirias, sin embargo, un poco perdidas entre tanto despliegue fílmico, sobrevuelan su cuerpo, pero al ver que no es la hora marcada por Odín, pasan de largo rumbo a otras batallas, dejando que las fuerzas de este caído le permitan reponerse, aunque no de momento…
Inconsciente, sus heridas no son de mucha consideración, pero un shock semejante descoloca a cualquier persona.
Un gato ronroneante lo sorprende lamiendo su mejilla, una vez más la ventana quedó abierta, la noche que pasó dejó tras de sí mucha resaca, aunque Pedro, o Jaime, o Nahuél,  cualquiera de sus nombres, seguirá tendido al borde de aquella carretera hasta que otra noche su mente lo conduzca a una sala de curaciones o a cualquier cajonera de su psiquis.
Foto: Grabado de Salvador Dalí - Museo Dalí ::2007::
Texto: Posipol ::2007::
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Monday, May 7, 2007

La flor y sus moscas

Foto: Cal Miqueló - Igualada - Catalunya ::2007::
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Saturday, May 5, 2007

Turismo aconsejable

 

“La niña está sentada en las losas de la plaza, jugando con otros niños que se pasan de mano en mano un trocito de cuerda, un fósforo quemado, sumando o restando misteriosos trueques. Está desnuda, tiene unos aros de oro y un adorno que pone una chispa roja en las aletas de la nariz; su sexo diminuto es como una luna naciente entre las piernas morenas. El niño acuclillado a su derecha está también desnudo, y sus nalgas puntiagudas rozan las losas mugrientas cuando se agita para celebrar algún lance de juego. Los otros son mayores, entre ocho y diez años, sus cuerpos se dibujan esqueléticos asomando entre harapos que han conocido ya tantos cuerpos. La niña se concentra en el juego, recibe y da un palito, dice una frase que los otros salmodian entre risas, el juego continúa; un tranvía pasa con un fragor de hierros viejos que hace temblar el aire y el suelo, y los niños no lo miran siquiera; las vías están apenas a medio metro de sus piernas, el tranvía corre entre ellos y otros grupos de niños y de adultos acostados o sentados en las losas de la plaza. Nadie presta la menor atención cuando cada dos o tres minutos cruzan los tranvías entre campanillazos y gritos del enjambre de pasajeros que buscan abrirse paso en las plataformas atestadas. La niña desnuda mira al niño acuclillado a su derecha, le alcanza un trocito de tela, dice la frase que hay que decir; el niño pasa la tela al siguiente, y en el grupo vecino una vieja ya sin edad ni sexo revuelve en una escudilla montada en un pequeño trípode sobre un fuego de basuras, hunde la mano para sacar un poco de pasta blanqueada y la amasa entre los dedos, la alcanza al viejo tendido de lado sobre las losas, con los pies casi rozando las vías, y lo mira sin hablar mientras el viejo revuelve la pasta en la boca sin dientes, la ablanda con las encías antes de tragarla; entonces la vieja se vuelve hacia la muchacha que amamanta a su bebé y le alcanza otra bola de pasta antes de amasar una última para ella; después con un palito, limpia pacientemente la escudilla y la pone junto al trípode, echa un poco de ceniza sobre el fuego para conservarlo. Los dos hombres acuclillados cerrando el círculo hablan entre ellos, se muestran papeles; uno señala hacia el edificio de la estación ferroviaria, en el extremo de la gran plaza, y el otro asiente, escupe en el suelo una espléndida mancha repugnante de betel, al lado del pie de la vieja. Dentro del círculo dos niños desnudos corretean, tropiezan, se enredan en las piernas del viejo o los brazos de los hombres que los contienen, sonriendo, diciéndoles alguna cosa sin impacientarse, cuidándolos para que no salgan del círculo y entren en la región de las vías. Hay treinta y cinco grados centígrados a la sombra, pero no hay sombra en la plaza.
Es muy interesante, usted llega a Calcuta en avión porque ya a nadie se le ocurre llegar en tren con ese calor y esas demoras, usted se aloja en un gran hotel del centro, los únicos preparados para recibir a un europeo o a un indio adinerado, ve resbalar sus maletas por los eslabones de una interminable cadena humana que arranca de la portezuela del taxi y termina al borde de su cama, las manos que se van pasando las maletas y siguen extendidas por debajo de una gran sonrisa ansiosa, una cadena de propinas que usted distribuye con fastidio, deseoso de quedarse solo y tomar una ducha y beber un vaso de algo helado; usted llega a Calcuta en avión y descansa un rato en el hotel antes de salir a conocer la ciudad, y en algún momento mira la guía de Murria y entre cuatro cinco cosas decide ir a conocer la estación del ferrocarril, la Howrah Station , y lo decide aunque haya llegado a Calcuta en avión y los ferrocarriles no le interesen para nada en ese país donde hace tanto calor y los horarios se cumplen cuando pueden.

Usted ha decidido visitar la Howrah Station no solamente porque las vías afirman que el ambiente es pintoresco, sino porque algún amigo de Delhi o de Bombay le ha dicho que si quiere conocer la India tiene que asomarse un rato a la Howrah Station , entonces usted se pone la ropa más liviana posible, espera a que sean las diez de la mañana o las siete de la tarde, y se hace llevar en taxi a pesar de la evidente sorpresa de chófer que no comprende cómo un europeo puede salir de un hotel para ir a la Howrha Station sin llevar sus valijas y por lo tanto dejar mucho más dinero en sus manos que esperarán a partir de la portezuela del taxi y seguirán hasta el asiento numerado del tren de Benarés o de Madrás. Usted le explica al chófer que simplemente quiere ir a la Howrah Station para conocerla, y el chófer sonríe y encuentra que está muy bien puesto que no va a ganar nada tratando de comprender una cosa tan absurda. Entonces es la city, el tráfico en el que las leyes parecen desmentir todo lo que usted sabía o esperaba en materia de tráfico, el sol que a cualquier hora cae a plomo, la transpiración pegajosa que le resbala por las axilas y la frente y los muslos mientras el chófer no tiene la menor huella de humedad en su cara de fina barba negra, una carrera que parece no terminar jamás aunque su reloj pulsera hable de minutos, como si la saturación humana en las calles, el tráfico de carricoches y tranvías y camiones, los mercados desbordados desde vagos recintos sombríos hasta las aceras hormigueantes y la misma calzada donde todo se mezcla entre gritos, protestas y carcajadas, se fueron tendiendo a lo largo de un tiempo diferente del suyo, una interminable suspensión fascinadora y exasperante, hasta que en algún momento es la zona del río, lo olores de depósitos y fábricas, una curva en una avenida y de golpe, asomando como un monstruo antediluviano por sobre el diluvio de tejados, muestras tenderetes, postes telegráficos, por encima de ese aprovechamiento maníaco de cada rincón del espacio, disponible, se ve surgir el puente de Howrah son su gigantesca fealdad de hierros y cables carcomidos, el enorme costillar de un monstruo caído sobre el río, y el chofer se vuelve para indicar que al otro lado está la estación, que no hay más que atravesar el puente para llegar a la estación, y si el sa’hb quisiera después ir a los templos o al jardín botánico, todo el día en el taxi excelente paseo barato, en su taxi todo el día si el sa’hb quisiera. Abajo ya es el agua, si es agua esa brea pardusca de donde brota una niebla de calor y putrefacción y el humo de las chalanas, la entrada al puente es una asalto a toda velocidad entre tranvías y camiones que se precipitan con la misma furia para llegar antes que los otros a la zona donde el puente se estrecha y hay que seguir lentamente en fila, sintiendo junto a la ventanilla el peso de los ojos de los que avanzan a pie, la serpiente multicolor entre el petril y la calzada, los hombres que se precipitan a la menor detención del tráfico para pedir la limosna golpeando la ventanilla que usted ha subido prudentemente, ofreciéndole frutos o calabazas como si un europeo vestido de blanco pudiera comprar una cosa así en mitad de un puente, proponiendo tráficos en una lengua tras de la cual, mezclada con aluviones de palabras incomprensibles, surgen las voces inevitables, rupee, me very poor, please sa’hb, bakshish please, rupee sa’hb, y el chófer arranca otra vez sin el menor aviso, una mano de niño se engancha un segundo en la portezuela, un cuerpo es rechazado con violencia, tras se oyen risas y quizá insultos, el puente avanza como si el dinosaurio estuviera deglutiendo una masa pegajosa en la que su taxi, los camiones y los tranvías son el elemento sólido flotando entre la marea de hombres y mujeres y niños que llenan el puente a ambos lados y cruzan entre los vehículos en un zigzag interminable, hasta que la digestión termina alguna vez, el ano del monstruo lo expulsa en una avenida repleta de todos los detritos del puente y eso es la plaza de la Howrah Station , usted ha llegado al término del viaje, sa’hb.

  
La niña desnuda, cualquiera de las incontables niñas desnudas de la plaza o de las galerías de la estación, se ha acercado a su madre que se afana atando o desatando un hato de ropas y de trapos, y ha tomado en sus brazos al hermanito menor que llora de espaldas contra el suelo. Llevándolo penosamente, ayudándose con la cintura en la que calzan las piernitas del niño desnudo, se acerca a pedir limosna a un grupo que baja del tranvía, pero para acercarse tiene que abrirse paso en el interminable laberinto de las familias arracimadas en el suelo, los fuegos de las ollas del arroz, los pedazos de esteras mugrientas y que señalan una posesión, un territorio, y donde se amontonan cacerolas, peines, pedazos de espejos, latas con clavos o alambres, a veces bruscamente una flor encontrada en la calle y puesta allí porque es hermosa o sagrada o simplemente una flor. Usted ha bajado del taxi antes de llegar a la entrada de la estación y se ha librado del chófer que se obstinaba en esperarlo, en seguirlo, en explicarle cualquier cosa; ahora va a cruzar la plaza observando a la gente, las costumbres locales de Calcuta, hasta llegar a la estación y visitarla por dentro. Esa mujer de pelo blanco y rostro hundido, que duerme de espaldas junto a un poste de alumbrado, a dos metros escasos de las vías, parece muerta; desde luego no lo está, aunque debe dormir profundamente porque las moscas le andan en la cara y hasta se diría que le entran en los ojos entornados. Los niños que juegan en torno, arrojándose cáscaras de mango o de papaya, trozos de materia podrida que atajan con las manos o el cuerpo entre risas y carreras, no parecen inquietos por la vieja, de manera que no hay razón para detenerse más de la cuenta, y además la mera intención de observar alguna cosa despierta instantáneamente la atención de los que andan cerca o están sentados o tirados en las losas de las plazas, y ya no hay manera de evitar el cerco, los dedos de niños que alcanzan apenas a las rodillas, que sujetan el pantalón tímidamente mientras repiten su bakshish sa’hb, bakshish sa’hb en tanto que otros niños se golpean el estómago con una mano o la tienden suplicante como una diminuta escudilla vacía. Usted no ha desviado a tiempo los ojos de ese cuerpo tendido boca arriba, no ha seguido caminando como su no viera nada, única manera de que los otros lo vean un poco menos; a usted le ha parecido extraño que una mujer pueda dormir con los ojos entornados mientras el sol y las moscas le andan en plena cara, y se ha detenido un instante para cerciorarse de que solamente está durmiendo; entonces le han sujetado el borde de los pantalones, una mujer harapienta le muestra su bebé desnudo con la boca cubierta de pústulas, un vendedor con una cesta de baratijas le explica volublemente las ventajas de la mercancía, un chico de unos diez años roza una y otra vez la correa de su Contaflex y usted le retira la mano con un gesto que quiere ser amable, busca monedas en los bolsillos, las da a los más pequeños para que le suelten los pantalones, consigue zafarse del cerco y meterse más adentro de la plaza; tal vez sólo en ese momento se da plena cuenta de que esos miles de familias, que esa multitud andando o en el suelo, no está en la plaza como usted y cualquier otro pueden estar en una plaza de su país, sino que viven en la plaza, son la población de la plaza, viven y duermen y comen y se enferman y se mueren en la plaza, bajo ese cielo indiferente sin una nube, bajo ese tiempo donde no hay futuro porque allí no cabe la esperanza. Usted ha entrado en el infierno por nada más que cinco rupias, ahora sospecha que esa mujer estaba muerta y que los niños que jugaban tirándose los pedazos de mango sabían que esa mujer estaba muerta, y que más tarde vendrá un camión de la municipalidad a llevársela cuando alguien se moleste en avisarle al policía que dirige el tráfico en la entrada de la plaza. La guía de Murria tiene mucha razón: el espectáculo es pintoresco.

 

 

La madre que amamantaba al más pequeño de sus cinco hijos ha empezado a cortar en trocitos la legumbre que encontró su marido entre dos vagones del puerto. La niña desnuda regresa con su hermanito en brazos y lo pone en el suelo junto a la madre; está cansada, quisiera comer y dormir, no trae monedas, sabe que su madre no le dirá nada porque sólo de cuando en cuando se consigue una limosna, y pronto la distraen los juegos de sus hermanos, lo que pasa en los otros círculos, en torno a las otras ollas y a los otros fuegos. Los círculos de las familias sólo se quiebran parcialmente cuando alguien se marcha para traficar o mendigar o cumplir quizá algún trabajo asalariado, pero los otros se quedan, siempre hay alguien que cuida el lugar de la plaza donde vive la familia porque si lo abandonaran apenas un minuto lo perderían para siempre, otro círculo se desdoblaría, una pareja joven con sus hijos se apartaría de los padres para ganar ese nuevo territorio e instalar presurosamente su hato de ropas, los cacharros. Y así los menos privilegiados tienen que conformarse con vivir al lado de las vías por donde pasa la muerte cada tres minutos, o en el perímetro de la plaza donde corre el tráfico que va y viene del puente, al borde de la calzada llena de camiones y de carros. Usted ha tratado de calcular el número de personas que viven sentadas o tendidas en la plaza de Howrah, pero es difícil con ese calor que le nubla los ojos y esos niños que siguen llegando de todas partes para pedir limosna; y luego que hablar de personas que viven… Es mejor sortear los grupos más densos, sonriendo vagamente a algún niño panzón que alza sus enormes ojos negros en busca de la limosna, y llegar por fin a una de las entradas de la Howrah Station huyendo del sol para perderse en el vasto vestíbulo sombrío; sólo cuando su zapato está a punto de aplastar una mano de mujer se dará cuenta de que nada ha cambiado, que el vestíbulo continúa el mundo de la plaza y que el suelo está ocupado por una muchedumbre silenciosa o vociferante pero aún más densa que la de fuera, con incontables hombres y mujeres llevando valijas o bultos de ropas, circulando entre las gentes sentadas o tendidas sin que jamás pueda saberse quiénes son los viajeros que esperan los trenes y quiénes, en ese otro círculo privilegiado del infierno, protegido del sol de la plaza, ven llegar y partir los vagones con una vaga, borrosa indiferencia. Quizá en ese momento usted recuerde los folletos de propaganda turística que le han dado a leer en el Boeing de Air India, sin hablar de la guía de Murria; o tal vez la sesión del parlamento de Delhi a la que asistió especialmente invitado para escuchar un discurso de la señora Indira Gandhi. Es posible que allí mismo, con su zapato al borde de una mano de mujer tendida de lado, comiendo unas semillas en el fondo de una hoja muy verde, se dé cuenta de que sólo la locura vuelta acción y más tarde sistema (porque las revoluciones son una locura impensable para los folletos de Air India, la guía de Murria y la señora Indira Gandhi) podría acabar con eso que está sucediendo a sus pies desde ahora un perro acaba de vomitar una masa negra, una especie de sapo mal masticado, junto a la cara de un niño que estira la mano y la hunde en el vómito un segundo antes de que usted tenga tiempo de dar media vuelta y huir hacia una salida; eso que está sucediendo delante de usted pero que no es nada, en realidad absolutamente nada puesto que usted ya ha vuelto la cara y se marcha, es algo que tal vez alcanzará a olvidar esa misma noche mientras se quita el sudor en la maravillosa ducha del hotel, pero que aquí sigue, aquí viene ocurriendo noche y día desde que Howrah Station abrió sus puertas, y en cualquier otra parte de la ciudad y del país mucho antes de que los ingleses levantaran la Howrah Station , y el infierno del que usted está huyendo cómodamente puesto que el chofer después de todo lo esperó afuera, lo espió desde lejos y ya le abre la portezuela riendo alegremente, demostrándole si fidelidad y su eficacia, es un infierno donde los condenados no han pecado ni saben siquiera que están en el infierno, están ahí renovándose desde siempre, viendo irse a unos pocos capaces de franquear las vallas de las castas y las distancias y la explotación y las enfermedades, cerrando el círculo familiar para que los más pequeños no se alejen demasiado y no se los traigan aplastados por un camión o violados por un borracho, el infierno es ese lugar donde las vociferaciones y los juegos y los llantos suceden como si no sucedieran, no es algo que se cumpla en el tiempo, es una recurrencia infinita, la Howrah Station en Calcuta cualquier día de cualquier mes de cualquier año en que usted tenga ganas de ir a verla, es ahora mientras usted lee esto, ahora y aquí, esto que ocurre y que usted, es decir, yo, hemos visto. Algo verdaderamente pintoresco, inolvidable. Vale la pena, le digo.”

Julio Cortazar - El Último Round - 1969 - Siglo XXI Editores
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Thursday, May 3, 2007

Luminario

   

 

 

 

   

Creo que no hacen falta más palabras, simplemente es Roger Waters.
21-04-2007 - Palau Sant Jordi - Barcelona.
Posted by Capitan Piluso at 08:57:29 | Permalink | No Comments »